OPINIÓN || Hay cosas que se explican con palabras y otras que, sencillamente, hay que verlas. Cada siete años, cuando la Blanca Paloma abandona su aldea para regresar a Almonte, a su pueblo, miles y miles de personas vuelven a demostrar que hay tradiciones que no envejecen, sino que se hacen más grandes con el paso del tiempo.
Y quizá ahí esté el verdadero milagro del Rocío: conseguir que caminen juntos niños que apenas empiezan a descubrir esta tradición y personas mayores que llevan toda una vida a sus espaldas; gente con mucho y gente con poco; quienes viven la fe con intensidad y quienes simplemente sienten un vínculo especial con esta Virgen. Porque sí, también hay no creyentes -y yo conozco unos cuantos- que se acercan, que la miran, que participan del ambiente o que, sin saber muy bien explicar por qué, sienten algo cuando pasa.










