Hay días en los que una sociedad, o parte de ella, se retrata mejor por la reacción a una fotografía. La del concejal sevillano junto a su marido y sus hijos pertenece a esta categoría. No revela nada extraordinario: una familia, una sonrisa, una escena cotidiana. Lo extraordinario ha sido la reacción de quienes, parapetados tras un teclado, decidieron convertir esa normalidad en motivo de insulto. Algo muy lamentable que siga pasando a estas alturas. Porque el problema, en casos como el que nos ocupa, nunca estará en la imagen sino en los ojos de algunos que la miraban.
Resulta significativo y a la vez penoso que, en pleno siglo XXI, todavía haya quien sugiera a la víctima que retire la fotografía para "evitar problemas". Es una vieja costumbre española: pedir prudencia al agredido mientras se concede una cómoda coartada al agresor. Como si esconder la felicidad fuese el precio de la convivencia. Como si la paz consistiera en no incomodar nunca al fanático.





