OPINIÓN || El viaje a Berrocal ya no es el mismo para el visitante. El color negro ahora cubre gran parte de su paisaje, verde hasta hace unas semanas, y el olor a quemado recuerdan la tragedia vivida.
Sus vecinos, gente sencilla y afable, miran estos días un paisaje que cuesta reconocer y sienten esa mezcla extraña de tristeza, rabia y preocupación que deja el fuego cuando no solo se lleva árboles, sino también una parte de la vida de quienes llevan generaciones viviendo de ellos.
Porque las llamas no han quemado únicamente monte. Han arrasado buena parte de la vida de sus 260 habitantes, se han llevado por delante el corcho, las colmenas, explotaciones ganaderas, los caminos y tantos pequeños recursos que, sumados, sostienen la economía de un pueblo.
Y quizá por eso duele todavía más recordar que Berrocal ya pasó por algo parecido en 2004. Hace 22 años, otro gran incendio dejó una profunda cicatriz. Aquella generación aprendió entonces que el monte puede tardar mucho en recuperar lo que el fuego destruye en unas horas. Ahora vuelve a tocar empezar de nuevo.
Sin embargo, hay algo que el fuego no ha conseguido quemar: las ganas de levantarse.
Hoy las distintas administraciones se han sentado juntas para abordar las consecuencias del incendio. Y quizá esa reunión contenga una de las pocas buenas noticias que pueden encontrarse estos días entre tanta ceniza: cuando llega la hora de reconstruir, las administraciones deben dejar a un lado sus colores y caminar en la misma dirección.
Berrocal, al igual que el resto de municipios afectados por el incendio originado en Niebla, necesitará ayudas, planificación, trabajo y tiempo. Necesitará que se repongan los medios de vida perdidos y que se acompañe a quienes han sufrido daños.
Y necesitará, sobre todo, que dentro de unos meses nadie se olvide de ellos cuando el humo haya desaparecido de las noticias.
