OPINIÓN || Hay melones que se abren con un cuchillo y otros que se abren solos. El sucesorio de Sánchez parece de los segundos. Óscar Puente ha tenido la prudencia de no declararse candidato a suceder al actual inquilino de Moncloa. Se ha limitado a decir que no le importaría. Pero en política, como en muchas cosas en la vida, hay formas discretas de anunciar que uno está disponible. Que es, más o menos, lo que ha pasado.
No es poca cosa. Sobre todo porque Sánchez sigue diciendo que piensa continuar. Y porque Puente, hasta ayer mismo, parecía más ocupado en defender al presidente que en imaginarse sucediéndolo. Ha sido su ariete, su escudo y, en ocasiones, una suerte de ministro de exteriores para la guerra de trincheras doméstica.
Puente encarna como pocos el sanchismo combativo: faltón, rápido para responder, poco partidario de pedir permiso y con una particular facilidad para convertir una polémica en una especialidad de la casa.
Sánchez ha convertido la resistencia en una forma de gobierno. Ha sobrevivido a pronósticos, derrotas, adversarios y a más de una despedida anunciada. Su talento político ha consistido, sobre todo, en aguantar. Y el inconveniente de aguantar tanto es que llega un momento en que hasta la resistencia empieza a parecer cansancio.
No hace falta que Sánchez esté pensando en marcharse. Ni que Puente esté preparando una candidatura. Basta con que el partido empiece a hablar de ello. Porque los relevos políticos suelen comenzar mucho antes de que se anuncien: primero aparecen los nombres, después las conjeturas y, finalmente, alguien descubre que llevaba meses haciendo campaña sin haberlo reconocido. Puente acaba de dar ese primer paso. No ha levantado la mano, pero la ha dejado cerca.
El melón está abierto. Todavía está verde, ciertamente, pero en política conviene recordar que los melones, como los presidentes, rara vez se abren cuando uno quiere.
