Lamentablemente, un servidor empieza a preguntarse qué demonios está pasando en la provincia Huelva con los incendios. Porque una cosa es que el verano venga acompañado de calor, viento y riesgo extremo y otra muy distinta es tener la sensación de que el fuego se está convirtiendo en algo demasiado habitual.
El último episodio, el de Niebla, ya no es para mirar de reojo: es un incendio de enorme gravedad con más de 8.000 hectáreas ya afectadas, con cientos de desalojados, carreteras cortadas y un despliegue extraordinario de medios para intentar contener unas llamas que, alimentadas por el viento, han demostrado una vez más que no entienden de fronteras ni de términos municipales.
Y mientras en Niebla se lucha contra un incendio que ha obligado a elevar la emergencia, en Lucena del Puerto los vecinos llevan tiempo mirando al cielo con demasiada frecuencia. Allí se han sucedido varios fuegos en periodos muy cortos y algunos parajes parecen condenados a convertirse en escenario recurrente de llamas. No es una impresión aislada: Lucena ya figuró el pasado año entre los municipios onubenses con más intervenciones del Infoca y en 2026 se han vuelto a registrar incendios en distintas zonas del término.
Porque apagar un incendio cuesta dinero, muchísimo dinero. Lo pagan los servicios de emergencia, las administraciones, los agricultores que pierden sus cultivos, los propietarios forestales, las familias que ven amenazadas sus casas y, al final, todos los ciudadanos.
Y eso sin poner precio a lo que no se puede reponer con una transferencia bancaria: los pinares, los ecosistemas, el paisaje y ese patrimonio natural que tardó décadas en crecer y que puede desaparecer en unas horas.
Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de hablar de los incendios únicamente cuando las llamas están a las puertas de los pueblos. Prevenir también es apagar un fuego antes de que empiece.
Y, sobre todo, investigar cada incendio hasta donde haya que llegar. Porque si detrás de alguno hay negligencia o intencionalidad, no puede ser que la factura la paguemos entre todos mientras el responsable se marcha tan tranquilo. El verano seguirá siendo verano, el calor seguirá apretando y el viento seguirá soplando. Lo que no debería ser normal es que los onubenses tengamos que acostumbrarnos a vivir pendientes de dónde aparece la próxima columna de humo.

