OPINIÓN || El pasado sábado, un hombre de 39 años murió en el incendio de un asentamiento chabolista de Palos de la Frontera. Era mauritano. Tenía una vida, una familia, una historia, había venido a buscarse la vida en el campo como tantos otros y seguramente muchos planes que ya no podrá cumplir.
Hace unas semanas, más de 80 personas murieron en Ceuta durante la entrada masiva de migrantes. Decenas de vidas convertidas demasiado pronto en una cifra.
Las dos tragedias aparecieron en los medios. Pero pasaron. Sin demasiado ruido. Sin ocupar durante días el espacio que quizá ocuparían otras muertes.
Y queda una pregunta incómoda: ¿hay muertos que nos duelen más que otros?
No debería importar menos una persona porque haya nacido en Mauritania. Ni debería conmovernos menos quien muere intentando alcanzar Europa porque no conocemos su nombre, su rostro o su historia.
Detrás de cada cifra había alguien. Un hijo, un padre, un hermano, un amigo. Alguien que tenía planes para mañana.
No sé si estas muertes importan menos. Quiero pensar que no.
Pero viendo el ruido que provocan unas tragedias y el silencio que acompaña a otras, cuesta no hacerse la pregunta.
Y quizá por eso convenga recordar algo tan sencillo como necesario:
Una vida es una vida. También cuando nadie conoce su nombre.
(Fotos: Alberto Díaz / Huelva Hoy)

