miércoles, 21 de octubre de 2026

La feria que heredamos


OPINIÓN || Cumplir 703 años no está al alcance de cualquiera, pero hacerlo sin perder ese vínculo sentimental con varias generaciones de olontenses tiene todavía más mérito. Porque la feria de mi pueblo no se explica solamente con cifras, casetas, atracciones o puestos de artesanía. Se explica con recuerdos. Con aquellos padres que llevaban de la mano a sus hijos cuando apenas levantaban unos palmos del suelo. Con la primera vuelta por el recinto, las luces que parecían extraordinarias, el olor de las primeras castañas y nueces de la temporada, los paseos interminables y esa ilusión infantil que convertía cualquier tarde de octubre en una aventura.

Después crecieron aquellos niños. Algunos se marcharon, otros siguen viviendo en el pueblo y muchos regresan estos días para reencontrarse con los suyos. Pero hay algo que permanece: la memoria de aquella primera feria a la que los llevaron nuestros padres y a la que, años después, ellos mismos llevan a sus hijos. 


La historia comenzó en 1323, cuando Gibraleón obtuvo una feria de ganado. Eran otros tiempos, cuando los animales tenían un papel esencial en la economía y las ferias constituían mucho más que una ocasión para divertirse: eran lugares de encuentro, intercambio y negocio. Siete siglos después, aquella cita ha cambiado de aspecto, ha incorporado nuevas actividades y se ha adaptado a otras formas de ocio. Sin embargo, conserva algo que no se compra ni se improvisa: su identidad.

Y eso tiene bastante mérito en una época en la que parece que todo debe renovarse cada cinco minutos para no quedarse anticuado. Las modas vienen y van, las tendencias se suceden y hasta las maneras de divertirse cambian a una velocidad vertiginosa. La Feria de Gibraleón, en cambio, sigue teniendo su sitio. No necesita renegar de su pasado para mirar al presente.


Setecientos tres años después, la Feria de Gibraleón nos recuerda que un pueblo no es solamente el lugar donde uno vive. Es también el lugar donde aprendió a mirar el mundo, donde guardó sus primeras ilusiones y donde ciertos recuerdos siguen esperando, intactos, a que volvamos a buscarlos.

Por eso hay ferias que terminan cuando se apagan las luces y otras que continúan durante todo el año en la memoria de quienes las vivieron. La de Gibraleón pertenece a esta segunda categoría.

Y quizá ahí esté la explicación de su longevidad. No ha cumplido 703 años porque el calendario se empeñe en sumar aniversarios. Los ha cumplido porque, generación tras generación, ha habido padres dispuestos a llevar a sus hijos, hijos que después hicieron lo mismo con los suyos y familias enteras que han encontrado en esos días de octubre una parte de su propia historia.

Al final, uno puede cambiar de gustos, de ciudad, de costumbres y hasta de opinión sobre casi todo. Pero hay cosas que permanecen. Y para muchos panturranos, la feria es una de ellas.

(Fotos: Ayuntamiento de Gibraleón)