OPINIÓN || Hay una frase que los viajeros de los trenes que llegan o parten de Huelva conocen demasiado bien: "Rogamos disculpen las molestias". Suena por los altavoces con una naturalidad insultante, como si los retrasos, las averías o las incidencias fueran parte del billete.
Hoy ha vuelto a ocurrir. Pasajeros tirados a su suerte durante horas, nula información y la amarga sensación de que es lo de siempre.
Pero lo más preocupante no es solo llegar tarde. Es la resignación que se está instalando entre miles de usuarios que utilizan el tren para trabajar, estudiar o acudir a una cita médica.
Y es que, cuando una infraestructura falla de manera reiterada deja de ser una molestia para convertirse en un problema de igualdad. Porque mientras en otros territorios se habla de alta velocidad y de nuevas conexiones, en Huelva seguimos celebrando como una victoria que un tren complete su recorrido sin incidentes.
A esa indignación se suma otra inquietud aún más seria: la seguridad. Sindicatos ferroviarios, maquinistas y numerosos profesionales llevan tiempo alertando del envejecimiento de la infraestructura, de la falta de inversiones y de una línea que necesita una modernización profunda.
Nadie quiere sembrar alarmismo, pero tampoco resulta responsable mirar hacia otro lado mientras las averías se repiten con una frecuencia que ya no admite la etiqueta de "casos aislados".
Cuando tantos expertos coinciden en que la red requiere actuaciones urgentes, lo prudente es escuchar antes de que un día tengamos que lamentar, de nuevo, algo más que un retraso o una avería.
Huelva no pide privilegios. Pide algo mucho más sencillo: un tren que funcione.
