jueves, 24 de septiembre de 2026

El desahucio de Maricarmen y el fracaso de todos


Hay días en los que uno siente vergüenza de la sociedad que hemos construido. Porque detrás de la palabra desahucio siempre hay personas, en este caso una mujer, de 87 años. Hay una casa que deja de ser su casa. Después de 70 años de vivir en ella. Hay miedo, incertidumbre, seguramente muchas noches sin dormir y una pregunta que nadie debería tener que hacerse: ¿dónde voy a vivir mañana?

Y mientras tanto, nosotros hablamos de procedimientos, de competencias, de informes, de expedientes y de leyes. Todo muy correcto. Todo muy administrativo. Todo perfectamente ordenado en una carpeta. El problema es que dentro de esa carpeta hay una persona. Y ahí está el fracaso. De todos, empezando por los políticos que nos ha tocado sufrir, y terminando por cualquiera de nosotros mismos.

Quienes nos gobiernan, es un decir, tienen la obligación de buscar soluciones para quienes más lo necesitan, no limitarse a explicar por qué algo no se puede hacer. Pero también es el fracaso de una Administración sin alma que, cuando pierde la capacidad de ponerse en el lugar del ciudadano, acaba funcionando como una máquina: recibe un expediente, aplica un procedimiento y lo cierra.

Y también, ya digo, es nuestro fracaso. El de todos. Porque hemos aceptado demasiadas veces que estas cosas les ocurran a otros. Que mientras no llamen a nuestra puerta, el problema no es exactamente nuestro.

Y ojo, hoy es Maricarmen, pero mañana puede ser cualquier otro, tu hermano, tu primo o cualquier amigo.

Una sociedad no puede llamarse avanzada si es capaz de organizarlo casi todo, pero no encuentra la manera de evitar que una persona, de 87 años, se quede en la calle.

Ahora, Maricarmen ya no necesita discursos. Ni fotografías. Ni promesas. Ya es tarde. Ha perdido su casa.