domingo, 26 de julio de 2026

¿Fuimos la generación más afortunada?


Ilustración sobre la década de los 80 / IA

Es una pregunta que cada uno responderá según le haya tratado la vida. Pero sí tengo la sensación de que quienes nacimos al calor del baby boom disfrutamos de un privilegio que difícilmente volverá a repetirse: fuimos el puente entre dos mundos.

Nuestra infancia no cabía en una pantalla. Cabía en una calle, en un balón de reglamento dudoso, en una bicicleta sin marchas y en una pandilla de amigos con la que bastaba un silbido o un grito desde la ventana para organizar la tarde. Nos caíamos, nos levantábamos y aprendíamos a resolver nuestros pequeños conflictos sin que un adulto estuviera pendiente de cada paso. Éramos libres sin ser conscientes de ello.

Crecimos cuando la televisión tenía dos canales y una serie reunía a toda la familia. Esperábamos con paciencia el siguiente capítulo porque no existía el "ver uno más". También programas como el recordado Aplauso, que veías mientras saboreabas el bocata con Nocilla que te había preparado tu madre. 

Grabábamos las canciones de la radio en cintas de casete procurando que el locutor no hablara al principio o al final. Revelábamos carretes sin saber si la mitad de las fotos saldrían movidas. Y, cuando queríamos llamar a alguien, había que hacerlo de verdad: buscando una cabina o esperando a que descolgaran el teléfono de casa.

Después llegó la revolución. Vimos aparecer los primeros ordenadores, Internet, los teléfonos móviles, el correo electrónico y, más tarde, las redes sociales. Pasamos del mapa de carreteras al GPS, de escribir cartas a enviar mensajes instantáneos y de buscar información en una enciclopedia a tener el mundo entero en el bolsillo. Ninguna generación había vivido una transformación tan profunda en tan poco tiempo.

Pero no, no todo era mejor. Había menos comodidades, menos oportunidades para muchas familias y una vida bastante más dura en muchos aspectos. Sería injusto pintar aquellos años con los colores de un anuncio de televisión. Pero quizá había algo que hoy escasea: el tiempo. Tiempo para conversar, para aburrirse, para inventar juegos y para mirar a los demás a los ojos sin que una pantalla reclamara nuestra atención cada pocos minutos.

Tal vez por eso la pregunta sigue teniendo sentido. ¿Fuimos la generación más afortunada? No porque tuviéramos más cosas que nuestros hijos ni menos dificultades que nuestros padres. Fuimos afortunados porque conocimos el mundo cuando todavía olía a papel, a vinilo y a carrete fotográfico, y hemos llegado a otro donde casi todo cabe en un teléfono móvil. Hemos vivido el antes y el después.

Quizá nuestra verdadera suerte no fue crecer en los años setenta u ochenta. Quizá fue aprender que la felicidad podía esconderse en un bocadillo compartido, una tarde interminable de verano, una canción grabada en una cinta o una conversación en un banco del parque. Cosas sencillas que no necesitaban batería, cobertura ni contraseña.

Y si hoy esa pregunta sigue despertando tantas sonrisas, tal vez sea porque, más que la generación más afortunada, fuimos la última que supo que los mejores recuerdos casi nunca costaban dinero.

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