Hay días en los que una sociedad, o parte de ella, se retrata mejor por la reacción a una fotografía. La del concejal sevillano junto a su marido y sus hijos pertenece a esta categoría. No revela nada extraordinario: una familia, una sonrisa, una escena cotidiana. Lo extraordinario ha sido la reacción de quienes, parapetados tras un teclado, decidieron convertir esa normalidad en motivo de insulto. Algo muy lamentable que siga pasando a estas alturas. Porque el problema, en casos como el que nos ocupa, nunca estará en la imagen sino en los ojos de algunos que la miraban.
Resulta significativo y a la vez penoso que, en pleno siglo XXI, todavía haya quien sugiera a la víctima que retire la fotografía para "evitar problemas". Es una vieja costumbre española: pedir prudencia al agredido mientras se concede una cómoda coartada al agresor. Como si esconder la felicidad fuese el precio de la convivencia. Como si la paz consistiera en no incomodar nunca al fanático.
No hace falta compartir las ideas políticas de ese concejal para defender su derecho a mostrar a su familia con absoluta normalidad. De hecho, ahí empieza una democracia madura: cuando somos capaces de proteger los derechos de quienes votan distinto, piensan distinto o viven distinto. Lo contrario no es pluralismo; es la ley del miedo. Y el miedo siempre acaba pidiendo un sacrificio más. Hoy es una fotografía. Mañana será una opinión. Pasado mañana, una forma de vivir.
Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han rebajado el coste de la cobardía. Nunca fue tan sencillo insultar a un desconocido sin verle la cara ni escuchar el eco de las propias palabras. Esa impunidad digital ha dado alas a quienes confunden la libertad de expresión con el derecho a degradar al prójimo. No son más. Ni siquiera hacen más ruido. Simplemente han encontrado un altavoz.
Por eso el acierto del concejal no estuvo solo en mantener la fotografía publicada. Estuvo, sobre todo, en negarse a aceptar que hubiera algo que esconder. Porque cuando una familia tiene que ocultarse para no despertar el odio, quien ha perdido no es esa familia. Es la sociedad entera. Y esa derrota empieza siempre con un gesto aparentemente pequeño: pedirle al inocente que se aparte para que el intolerante no se moleste.
Articulo inspirado en esta publicación de Andalucía Hoy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario