Hay tiendas que cierran y, sin embargo, nunca terminan de echar el cierre en nuestra memoria. Se quedan ahí, entre canciones, recuerdos y una juventud que parece estar siempre a la vuelta de la esquina.
Este sábado, la muerte de Pepe Barros, padre de Mara Barros, nos ha devuelto a uno de esos lugares. Algunos, los más veteranos, lo recordarán por su trayectoria musical, por Los Keys y Tartessos, y por su pasión por la música. Pero yo quisiera recordarlo también detrás del mostrador de Musicbox, aquella mítica tienda de discos de la calle Rábida que compartió época y protagonismo con Radilux y que fue mucho más que un negocio para quienes entendían que la música era una manera de vivir.
Porque entonces comprar un disco tenía algo de ceremonia y más para quien, entonces, compaginaba estudios y trabajo de 'dj' en la recordada discoteca Crysdy. Uno entraba, miraba las carátulas, preguntaba por las novedades, buscaba aquel álbum del que había oído hablar en la radio y, casi siempre, salía con auténticas joyas musicales bajo el brazo. El vinilo no era solamente música: era una portada que contemplar, unas canciones que descubrir y una historia que llevarse a casa o en mi caso, al lugar de trabajo.
En aquellos establecimientos se alimentaban ilusiones. Tenían magia. Había curiosidad, conversación y pasión por unos artistas que, en muchos casos, terminarían formando parte de nuestra banda sonora personal. Las tiendas de discos eran ventanas abiertas al mundo.
Hoy todo cabe en un teléfono móvil. Tenemos millones de canciones al alcance de un dedo, pero quizá hayamos perdido algo por el camino. La emoción de desenvolver un disco, colocarlo en el plato, bajar la aguja y escuchar cómo el sonido comenzaba a llenar la habitación. Aquello tenía su encanto, como también lo tenía rebuscar entre las estanterías hasta encontrar el álbum que llevábamos semanas persiguiendo.
Pepe Barros formó parte de aquella Huelva que vivía la música con entusiasmo, cuando comprar discos era también una forma de compartir aficiones y descubrir nuevas melodías. Su historia nos recuerda que detrás de cada canción hay personas que hicieron posible que llegara hasta nosotros.
Y por eso su despedida es también una buena ocasión para rendir homenaje a Musicbox, a Radilux y a tantas tiendas que fueron desapareciendo mientras cambiaban los tiempos y los hábitos. Con ellas se fueron escaparates, mostradores y conversaciones que hoy parecen pertenecer a otro mundo.
Pero no todo se pierde. Basta encontrar un viejo vinilo, reconocer una canción en los primeros acordes o recordar el nombre de aquella tienda para regresar, por un instante, a quienes fuimos.
Gracias, Pepe, por la música y por aquella Musicbox que ayudó a ponerle banda sonora a una generación de onubenses.
