Hay artistas que viven de la nostalgia y otros que consiguen convertirla en presente. Ricky Martin pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Y es que, tres décadas después de irrumpir en el panorama musical internacional, el puertorriqueño volvió a demostrar este viernes en el Estadio Iberoamericano Emilio Martín de Huelva que es capaz de convertir un concierto en una celebración colectiva. En un multitudinario guateque.
Familias enteras, parejas, grupos de amigos y espectadores de varias generaciones compartían un mismo repertorio sentimental. Porque el puertorriqueño ya no pertenece únicamente a quienes vivieron el fenómeno de los noventa. Sus canciones han sobrevivido a las modas y han terminado formando parte de la banda sonora de varias generaciones. Eso explica que Huelva acogiera el único concierto del artista en España dentro de esta gira europea, una cita convertida en acontecimiento mucho antes de que sonara la primera nota.
Desde el primer acorde quedó claro que aquello no iba a ser un simple desfile de éxitos. Había coreografías milimetradas, una banda impecable, una producción de primer nivel y, sobre todo, un artista entregado a un público que respondió sin reservas. María, She Bangs, Vente Pa' Ca, La Mordidita, Livin' la Vida Loca, La Copa de la Vida o Tu Recuerdo fueron enlazándose entre ovaciones, teléfonos móviles iluminando la noche y miles de voces empeñadas en demostrar que algunas canciones no envejecen, simplemente encuentran nuevos oyentes.
Resulta difícil explicar la dimensión de Ricky Martin sin recordar el fenómeno que protagonizó a finales del siglo pasado. Tras iniciar su carrera siendo apenas un adolescente en Menudo, emprendió un camino en solitario que lo llevó a convertirse en una de las grandes figuras de la música latina. El éxito de María abrió las puertas de medio mundo, pero fue su inolvidable actuación en la final del Mundial de Francia 98 con La Copa de la Vida la que terminó de catapultarlo al estrellato global. Un año después, Livin' la Vida Loca revolucionó el mercado anglosajón y convirtió al cantante en uno de los artistas latinos con mayor proyección internacional, abriendo además el camino para toda una generación de intérpretes hispanos que conquistarían la industria estadounidense.
Desde entonces han pasado más de treinta años de escenarios, giras mundiales, premios Grammy, Latin Grammy y millones de discos vendidos. Pero el verdadero patrimonio de Ricky Martin no cabe en una vitrina. Está en la capacidad de seguir llenando recintos y emocionando a un público que ha crecido con él. Hay artistas que interpretan canciones; él interpreta recuerdos.
Quizá por eso el concierto de Huelva, colofón del ciclo Las Noches del Foro, tuvo algo más que música. Fue una celebración de la permanencia. Un recordatorio de que el éxito no consiste únicamente en alcanzar la cima, sino en saber permanecer en ella sin perder la pasión por el oficio. El artista se despidió de Europa en tierras onubenses con la naturalidad de quien sabe que cada concierto puede ser el último para alguien, y por eso merece entregarlo todo.
Cuando se encendieron las luces y el público comenzó a abandonar el recinto, tras hora y media de concierto, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que un espectáculo. Treinta años después, la fiesta continúa.
(Publicado en Huelva Hoy)



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